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  1. Si Quentin Tarantino dirigiese una película de animación japonesa cyberpunk entroncada en una atmósfera paranoica al más puro estilo Hitchcock y aderezada con dudas ontológicas tendríamos algo parecido a Subway Placebo. El placer de reseñar sobre un libro aumenta exponencialmente cuando conoces personalmente a la autora, máxime teniendo el libro dedicado. Siempre digo que un libro dedicado no es solamente único por la firma, sino por la página extra que otros libros no tienen. Por eso puedo enorgullecerme de poseer una edición coleccionista improvisada.



    Subway Placebo nos transporta a una Barcelona necrófaga, tarantiniana y brutal. Nina y Delia son, por así decirlo, el binomio sobre el que se sustenta la narración de varios personajes insanos y necesitados en un futuro tan cercano como apocalíptico donde ni el dolor ni el placer despiertan de una anestesia vertebral, de camino a ser atávica. Digo futuro porque si bien transcurre en el año 2012, la ambientación se correspondería con, por sacar a colación la piedra angular del cyberpunk, la celebérrima Akira.



    Pero la Barcelona no es tan tecnológicamente perfecta como Neo-Tokyo, sino más bien el paradigma de la caída de la civilización para convertirse en la necrocivilización, donde la tecnología se superpone a la ética, y la vida humana se subyuga sin tapujos al cinismo más barato. Como aficionado al manga y anime en general, me resulta imposible no establecer conexiones entre el libro y otras obras de anime. Si la Barcelona de Subway Placebo me recordó a Neo-Tokyo, su entramado atmosférico, su tono y la idiosincrasia de los persoajes me recuerda totalmente a Serial Experiments Lain, obra maestra de la que ya hablé en mi blog. En Lain se pone a prueba el ser humano desde su estrato primigenio hasta el más elevado y espiritual. La absorción de una chica hacia otros mundos alternativos hasta el punto de plantearse qué mundo es más creíble, más veraz.



    Pero, ¿y qué pasa en Subway Placebo? ¿De qué va? se preguntaría el lector average. No puedo explicar ni quiero si pudiera, pero por resumirlo en forma poética, Subway Placebo es una oda al Cyberpunk, a Phillip K. Dick, al cine de serie B, los videojuegos online y muchas otras cosas más, reunidas bajo el estandarte del leitmotiv llamado putrefacción, degeneración. Admitámoslo, no es un libro para legos y sensibleros. Hace falta muy poca empatía para poder disfrutar del libro (harto fácil en mí) y poseer un bagaje cuanto más amplio dentro del los susodichos campos, mejor. Y, por supuesto, vivir en Barcelona contribuye a sentirse aterrado y más inmerso en la historia, un lugar donde

    la ciudad huele a quemado
    la habitación huele a quemado
    el hospital huele a quemado
    su cerebro está en llamas

    La lectura de tal amalgama de paranoia, violencia, cinismo se nos antoja rápida. Es un libro que uno no espera que sea así. Ya sea desde el flujo de conciencia más desgarrador hasta la retahíla de insultos más vulgar, este libro nos saca a pasear por todo un parque de formas variadas. Uno puede incluso atisbar poesía en lo banal, sarcástico y lacónico

    Noche de Halloween adelantado. Por eso, hagan sus pedidos. Subway Placebo vive en el Pynchon Bar, la cadena de establecimientos en los que la comida surge para el más puro placer del consumidor. Donde la comida se regurgita para el más puro displacer del deglutidor. Lavabos vomitorios, como en circo romano. Yeah.

    o disfrutar de diálogos de besugos tan delicadamente orquestrados que parecen sacados del mejor Teatro del Absurdo:

    -¿Qué ha pasado?
    -No podemos saberlo -respondió su voz, con un timbre metálico.
    -Mi nombre es Slot.
    -Bien. Sigue hablando.
    -¿Y tú?
    -¿Yo?
    -Sí. Dime tu nombre.
    -Jeremías.
    -¿Jeremías?
    -Sí, Jeremías -la voz se iba acercando.
    -¿Y qué más?
    -Jeremías Kengo.
    -Sí.
    -¡Qué nombre tan raro!
    -Todos los nombres son raros. ¿Y tú?
    La genialidad de Subway Placebo radica en la perfecta simbiosis que existe entre la esencia, tan consabida, de lo lúgubre y alienante del metro con lo frívolo y capitalista de los theme parks. Se decide construir un interesante parque temático (dedicado a todas la películas habidas y por haber) simbiotizado con el metro de Barcelona hasta a llegar a cotas donde el límite entre el espectáculo y la muerte real es imperceptible.

     Y es en este punto donde, en medo de intentos de suicidio, filmaciones snuff y pasotismo ciudadano alarmante, surgen por un lado Los Humanistas, nueva luz que devolverá la humanidad a su letargo necesario. Y, por otro, los tecnozombies. Solo unos pocos logran huir fuera de esta necrocivilización para asentarse (o estar siempre a la deriva) en las ciudades Post-It. Todo esto me trae de vuelta a los gratos momentos pasados con Final Fantasy VII, donde Midgar nos presenta con su modelo de ciudad hiperindustrial y de estratos clase baja-media-alta.


    Midgar es el paradigma de la decadencia bella. La decadencia solo se consigue con el paso de los años, con el abandono, el olvido, la putrefacción. Y de ahí surge esta urbe infecta e inhumana, gestada durante mucho tiempo. Esto es casi la Barcelona que se nos presenta en Subway Placebo. Ahí radica la belleza, pues es un proceso meritorio, sin lugar a dudas. Y, precisamente, en Final Fantasy VII también vemos ciertos entes implantados, fabricados, vacuos y a todas luces, alarmantes. Lo descubrimos en el principio del juego con un hombre (de tantos otros que malviven en resquicios de la ciudad como tuberías, sótanos, almacenes abandonados) enfermo que luce un misterioso tatuaje, de balbuceantes e ininteligibles palabras.



     Your pain is my reward, cantan Die Krupps en la oportuna canción Nocebo del álbum The Machinists of Joy. Pues es así cómo se desarrolla Subway Placebo, mareante y exigente por lo alto de sus formas, pero desquiciante, absorbente y atenazante por contrapartida. Una lectura ágil donde la vida pierde su tradicional estatus axiomático de bien total para pasar a ser otro objeto de cambio más. Donde, de hecho, el vivir puede ser necrovivir, según vemos en la actitud de la protagonista Nina, esclavizada en el templo del capitalismo urbanita llamado fast food, produciendo heces espirituales para los habitantes de la Barcelona asediada por los zombies más humanos posibles. Nada que ver con The Walking Dead, pues ahí al menos los humanos tienen motivos para sobrevivir. Aquí no queda claro qué sale más a cuenta, si dejarse implantar o no, si vivir al margen de la civilización cual forajido o seguir siendo deglutido por las bocas de metro.

    Y, puestos a confabular, de existir película de Subway Placebo, debería tener una banda sonora industrial, EBM (Electronic Body Music) de la mano de Die Krupps, que muy acertadamente nos advierten de los peligros de una robotización frivolocapitalista en su videoclip Robo Sapiens.


    PD: La cantidad de referencias que este libro dedica a la subcultura es insondable, casi infinita. No puedo sino admitir haberme siquiera acercado a unas pocas, las que más me han llegado, y elaborar mi propia constelación de ideas.

  2. Reality Checkpoint

    13 mar 2014

    Alivia saber dónde estamos, sobretodo si nos debatimos entre la vida o la muerte, si soñamos despiertos, o si vivimos en un cibermundo de ensueño. Saber qué es real y qué no es la prueba de fuego definitiva para mantener cierta cordura y desarrollar pensamientos abocados hacia cosas palpables, un método científico o un pellizco en la mejilla, todo vale si es tangible, al menos en la realidad.

    La piedra de toque a veces no es, sin embargo, tan fácil de discernir. ¿A qué se agarra uno cuando todo está tan mezclado y enrevesado que cualquier cosa es tan puñeteramente cuestionable y relativa? Me gustaría divagar libremente sobre uno de los pocos animes de poderío poético y fuerza narrativa descomunal capaz de cuestionar las percepciones más primerizas y arraigadas que tenemos de nuestra propia percepción del mundo. Y todo esto en 13 episodios, año 1998, sin relleno ni fan service, sin rodeos. Eran otros tiempos. Hablamos de Serial Experiments Lain.



    Lo que rezuma un posible dibujo mono o simplemente cliché para los neófitos en el anime es probablemente una falsedad. Lain no se anda con chiquitas. Detrás de un acabo técnico un tanto mejorable y a ratos inexplicablemente defectuoso (un anime que está a años luz de virguerías audiovisuales como Akira o Evangelion, por mencionar algunas animaciones relativamente contemporáneas) se esconde un argumento desgarrador y apasionante a partes iguales.



    Ya en el año 1998 Internet era un fenómeno de masas en Japón, y se empiezan a vislumbrar señales inequívocas de una sociedad tecnodependiente, con los hikkikomori y los móviles adornados de llaveros como estandartes innegables de una ¿nueva? generación de jóvenes japoneses, inmersos en mundos cada vez más virtuales. Es pues de este contexto sociológico real de donde Lain parte. Conocemos una familia de clase media, normal, japonesamente normal: Lain, su hermana, su madre, su padre. 



    Y luego, en la escuela donde Lain estudia, una chica muere. La muerte, he aquí el primer problema ontológico a tener en cuenta, el cómo este tránsito de un plano a otro da lugar a las primeras paranoias del argumento. Vemos desde un principio que la chica se arrojó desde un puente y que su alma parece estar, de algún modo u otro, presente en la Red. Un planteamiento poco o muy original, dependiendo del bagaje que tengamos, pero lo que más me atrae de todo ese asunto es la pasmosa desidia e indiferencia que caracteriza la narración de este anime en lo que respecta a los temas metafísicos, que son los que más duda y controversia acarrean. Morir, pasar de un lado a otro, ¿cómo, cuándo, por qué?



    Estamos ante un anime donde nuestro intelecto va a ser desafiado. El anime perfecto para plantearnos la información que este nos está dando, y más adelante, para ver cuánta información somos capaces de extraer y asimilar de todo el entramado caótico que es la Red de Lain. El mundo de Lain es frío e inexpresivo, carente de sentido. Funciona porque alguien engrasa el mecanismo, no porque las piezas así lo quieran. Ya desde un principio sabemos que es inútil buscar razones verosímiles a los hechos que ocurren, pues las mismas convenciones de nuestro mundo real sirven de muy poco aquí, donde los límites entre mundos distintos se desdibujan haciendo que nos preguntemos hasta qué punto somos realmente conscientes de lo que significa existir.



    Bajo estas premisas el argumento de Lain avanza de un modo que no voy, evidentemente, a revelar, pero lo hace mediante una amalgama interesante (y pionera en su día) de animación 2D, elementos 3D, y estéticas tridimensionales puramente abstractas junto con una ambientación genuinamente cyberpunk. Sin ir más lejos, Lain comienza ya al principio a ir con unas amigas a un pub llamado Cyberia, donde no nos hacen falta explicaciones de po rqué hay niños ahí a altas horas de la madrugada pasándolo en grande. Estamos delante de una sociedad pasiva, que no da señales de cómo funciona, simplemente se deja llevar por el avance inexorable de las máquinas.


    Los videojuegos multijugador online, las drogas de diseño más vanguardistas, música electrónica experimental y una desconcertante alienación de las personas tienen cabida en Cyberia, el templo de la distopía cyberpunk por antonomasia. Pero hay algo que todo lo trasciende, y es, cómo no, la Red. Un misterio por descifrar incluso después del visionado de Lain. ¿Qué es la Red realmente?



    Sería prematuro establecer un resumen, unas bases o una simple definición del sentido de Lain ahora, e incluso puede que lo siga siendo después de haberla visto. La reflexión que suscita el argumento es tanta como la locura a la que nos somete de forma paulatina. El símbolo que, y ya para finalizar, mejor representa la narración, el mundo e imaginario de Lain es la habitación de la susodicha protagonista, donde comienza a instalar un pequeño ordenador legado de su padre y termina siendo absorbida ya irremediablemente por una vorágine de supercomputadoras, cables y pantallas que parecen haber surgido de otra dimensión, como si la nuestra cediera a la Red, en contenido, en reglas y en sentido. Como si el mundo que hasta ahora habíamos considerado el normal, por defecto, resultara ser un burdo sucedáneo de un entramado incomprensible, superior.



    Se sugieren profundos puntos de debate filosóficos como la tecnodependecia, la identidad personal, la cosmogonía del mundo virtual o directamente la religión desde un punto de vista retorcido. Lain es asimismo un anime adelantado a su época en tanto ya sacaba a la palestra conceptos tan necesarios en la actualidad como el hipertexto, la nube o el modding, retratados buenamente en la que considero una obra maestra que, por si fuera poco, tiene el privilegio de estar acompañada de una música que se adhiere al argumento con gran facilidad, pues nos transmite incertidumbre, temor, perturbación y locura.

    Lo que entendamos al final de la historia dependerá de las creencias que tengamos y de cómo veamos el mundo que nos rodea.

    Y ya para cerrar el círculo que hace ya mucho que comenzó, dejo un tema llamado Reality Checkpoint de Logistics, llamado así en referencia a un misterioso graffiti que alguien escribió sobre una farola que hay en Cambridge: Reality Checkpoint. Sea para los borrachos que necesitan comprobar dónde están o para que los estudiantes que vivían en la burbuja den su primer paso hacia el mundo real que hay más allá del campus, sirviendo la farola de salvoconducto, este curioso hito improvisado nos viene que ni pintado para resumir la idea transversal de Lain, el comprobar que seguimos en la realidad.



  3. Scham

    22 dic 2013

    Vergüenza. La libido. El impulso irrefrenable. El arrepentimiento. La costumbre. Y la indiferencia. Y, por supuesto, la corrupción, que es la suma holística, inevitable, de todas estas cosas, decaimientos pútridos de la llamada humanidad (si es un término que como tal tiene buena o mala connotación, ya lo discutiríamos).



    Esto, grosso modo, es Los Carruajes de Bradherley, una obra extremadamente profunda y perturbadora. Muy necesaria pero a la vez muy hiriente y mórbidamente descarnada. Un manga creado (dibujado y guionizado) por Hiroaki Samura, el mismo autor que La Espada del Inmortal, pero con un registro y ambientación totalmente diferentes. Un tomo único, de los que a mí me gustan. Varias historias cortas que giran en torno a un leitmotiv desgarrador. Podría destripar el secreto, pero prefiero simple y llanamente hacer un llamamiento sutil a toda aquella persona dispuesta a pasar un mal trago con una obra que hace plantearse qué somos. 



    Al nivel de Maus (una obra sobree el Holocausto donde los protagonistas están animalizados, convirtiendo el dibujo en una máscara divertidamente engañosa), pero con la crudeza y crueldad precisa de un dibujo muy atento a los vicios que cometen las personas. Es morbo, admitámoslo, pero es real (dentro de la ficción, por supuesto). La realidad está ahí. Es dura de ver para los personajes intradiegéticos y también para el lector.

    Pero, inusitado lector, si te preguntas de qué va Los Carruajes de Bradherley, no me atrevo siquiera a rebajar a semejante coloquialidad una obra tan extrema, tan vibrante y escalofriante. Único requisito: saber leer manga, o como mínimo estar mínimamente familiarizado con él para comprender el orden de lectura, la narración y a la postre, algunos fetiches particulares de la, admitámoslo, preocupantemente oscura sociedad japonesa, no la que se enseña en los libros de japonés y Dorameon, sino la que se esconde en los motivos de por qué el Hentai vende tanto , y ya no entremos en qué tipos.

    Manuel Barrero, un bloguero que no conozco pero cuya reseña (certera y sabia) sobre el mismo manga leí, nos deja una pregunta final que dejo aquí, pues no os revelará nada (a priori). Sin embargo, reflexionad si leéis el manga.




    Y sigo sin comprenderlo. ¿Por qué tanta crueldad? ¿Por qué con niñas, por qué?

    Aquí se puede descargar el manga completo en formato .cbr. Se necesita Comic Viewer para leerlo, pero la tarea es fácil.  Lo difícil es leer este manga y salir indemne.

  4. Ratio

    4 sept 2013



    La razón es uno de los conceptos más explotados desde todos los bandos: desde la filosofía instructivista de cualquier tipo que la adopta como una meta a seguir, una herramienta cuasiquimérica de loables virtudes a la percepción popular de la razón como ítem de autoridad dialéctica. (Lo que nos distingue de los animales nos convierte en seres brillantes, de ahí la Ilustración o el Despotismo Ilustrado.)


    Leyendo y conociendo tímidamente a Schopenhauer descubro (o ratifico por enésima vez, como cualquier otra mente pensante ya habrá hecho) que las estratagemas típicamente empleadas para llevar razón (no necesariamente tenerla, sino solamente querer llevarla) se siguen perpetuando en cualquier estirpe, vulgar o petulante, ostentosa o deplorable.


    Los clásicos golpes bajos (ataques ad hominem) de tú hijo de puta más son el pan de cada día en las discusiones cuyos adversarios están tan empobrecidos intelectualmente que no piensan más que en el descrédito gratuito. 


    Lo peor de todo es que esta estratagema, al ser la más vulgar y conocida, se ha ido desplazando con notoriedad por otras más sutiles, propias de arteros demagogos, casi imperceptibles por los anteriormente descritos en el párrafo anterior. Y sin necesidad de referirme a nadie, leed y juzgad si véis un reflejo en la actualidad, después de unos 200 años de que el bueno de Arthur el pesimista lo escribiera:



    Estratagema 36


    Desconcertar y aturdir al adversario con absurda y excesiva locuacidad. Esto tiene que ver con que

    Frecuentemente cree los hombres, al escuchar palabras huecas, que se trata de graves pensamientos.

    Si el adversario es consciente de su propia debilidad y lo oculta, si está acostumbrado a escuchar cosas que no entiende haciendo como si las hubiese entendido, entonces puede impresionársele si con aire de seriedad y haciendo que parezcan verdades profundas, se le espetan los mayores absurdos como si fueran la prueba palpable de lo que se desea defender. Frente a ellos perderá el oído, la vista y el pensamiento. Como se sabe, algunos filósofos han utilizado recientemente esta estratagema ante el público alemán, obteniendo con ello un extraordinario aplauso. Ya que se trata de exempla odiosa [ejemplo odioso] tomaremos para ilustrarlo un fragmento de la obra de Oliver Goldsmith:


    The vicar of Wakefield [cap. VII]19.


    -Muy bien Frank -repuso el Squire-, pues que me ahogue este vaso si una hermosa muchacha no vale más que todos los clérigos del país. Porque los impuestos y los diezmos no son más que una imposición, todo un condenado engaño, y puedo probarlo.-Me gustaría que lo hiciera- dijo Moisés; y continuó- : Y creo que yo podría replicarle adecuadamente.-Muy bien, caballero-exclamó el Squire burlándose de él y haciendo señas al resto de la familia para que nos dispusiéramos a divertirnos.-Si tiene usted firmes argumento sobre el tema estoy dispuesto a aceptar el desafío. En primer lugar, ¿cómo prefiere discutir, analógicamente o dialógicamente?-Racionalmente- respondió Moisés, muy contento de que se le aceptara la discusión.


    Existe, paradójicamente, un impulso irracional que nos conduce a querer tener razón.


  5. Survival

    10 ago 2012

    To be cast away, forsaken, very far away from the very civilization: that is what happened to poor Robinson Crusoe. Time passes by and the wretched things seem to be really evident to him while the good ones are just obligatory needs. When one reads Defoe's tale of double moral and religious repentance, destiny itself is put into question: whether our lives are just the lesser intricacies of an allmighty God or the result of unexpected causality is something far beyond the capabilities of Crusoe:

    Thus my fear banished all my religious hope; all that former confidence in God, which was founded upon such wonderful as I had had of His goodness, now vanished; as if he that had fed me by a miracle hitherto, could not preserve by his power the provision which he had made for me by His goodness.

    His confidence in divine protection is wiped away and now his seeing a group of merciless cannibals is the same as waking up from a never ending dream. Once his fear overcomes his faith, reality shows its innermost fangs. Cannibals will discover him and devour him, feasting with the flesh of a Christian, being this one of the most horrid experiences Crusoe has ever imagined. Now he is the God, now he will kill them in the name of God, which should remind us of the Crusaders who relied on faith to label their slaughter as righteous. Remorse invades Crusoe's mind when he is devising his plan to kill the cannibals:

    [...] what authority or call I had to pretend to be judge and executioner upon these men as criminals, whom Heaven had thought fit for so many ages to suffer unpunished to go on, and to be, the executioners of His judgements upon one another; also, how far these people were offenders against me, and what right I had to engage in the quarrel of that blood which they shed promiscously one upon another. I debated this very often with myself thus; -How do I know what God Himself judges in this particular case? It is certain these people do not commit this as a crime, it is not against their own consciences reproving, or their light reaproching them. They do not know it to be an offence, and then commit it in defiance of divine justice, as we do in almost all the sins we commit.  They think it no more a Crime to kill a Captive taken in War, than we do to kill an Ox; nor to eat human Flesh, than we do to eat Mutton. 




    It is therefore by his own musing that Crusoe, the righteous Christian under God's blessing, reaches a conclusion far beyond Christian justice: that Cannibals are not sinners at all, that the one who kills today cannot blame the other who kills tomorrow. Is there sin, God's surveillance, anything related to repentance? No, only nature's atavistic drive... To survive.

    Quotes taken from Collins Classics 2010 edition, pages 133 and 146.